Mª Dolores DE PALACIO Y AZARA nació en Zaragoza el 30 de Marzo de 1895. Era hija de Juan Lorenzo de Palacio Pérez, natural de Bubierca (Zaragoza), y de Dolores Consolación de Azara y Zabala, natural de Madrid. Por línea materna descendía directamente de la Condesa de Bureta. Su madre, Mª Dolores de Azara Zabala, era hija primogénita de Mariano de Azara y López Fernández de Heredia, III Marqués de Nibbiano, nieto de Mª Consolación de Azlor y Villavicencio, la Condesa de Bureta que había sido una heroína de los Sitios. En 1908, Mª Dolores de Palacio recibió, en nombre de su antepasada, la Medalla conmemorativa de los Sitios de Zaragoza, otorgada por Don Antonio Maura a los descendientes de héroes y heroínas .

Por la profesión del padre, militar y licenciado en Derecho, pasó su infancia en Pamplona, donde estudió en el Colegio Saint Joseph de Cluny, una orden religiosa femenina francesa. En 1909, cuando regresaron a Zaragoza, el Catedrático de Historia de la Universidad, Don Eduardo Ibarra, gran amigo de su familia, la convenció para que iniciara el Bachillerato con una hija suya. Las familias decidieron matricularlas como alumnas libres en el Instituto y encargaron de su preparación a Enrique Millán y Julio Vallona, profesores ayudantes de dicho Instituto. María Dolores y su amiga recibieron clases en sus casas. Más tarde se incorporaron a estas clases un hijo de cada uno de los dos profesores del Instituto. Mª Dolores de Palacio sólo cursó la última asignatura de Bachillerato como alumna oficial. Siempre obtuvo excelentes calificaciones.

De su etapa de Bachillerato comenta en sus Memorias manuscritas:

Los exámenes eran orales y públicos. Don Enrique Barrigón González, sacerdote y Catedrático de Latín, me recibió diciendo: “Contesta bien, pues si no el oficio de las mujeres es fregar platos y hacer calceta”. Estaba este señor haciendo un nuevo texto de Latín, con varias innovaciones en su enseñanza. Yo conocía este libro, por habérmelo explicado el profesor de Letras. Contesté a las mil maravillas y a su gusto, ganándome una Matrícula de Honor y las enhorabuenas que dio a mi madre al encontrársela en el pasillo del Instituto. También tuve éxito en los exámenes de Francés, pues por haber estado en el Colegio de Cluny conocía bastante bien este idioma. El mismo Don Eduardo (Ibarra) nos enseñó las asignaturas de Historia que había entonces y siempre tuvimos en ellas muy buenas notas.

En 1915 acabó el Bachillerato con premio extraordinario y se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, de la que fue, seguramente, su primera alumna. A partir de segundo curso, tuvo como compañera a Aurea Javierre Mur, con quien publicó en 1917 un trabajo sobre Los bandos de los Marcillas y los Muñoces enTeruel en el s. XIV. Un poco más tarde, en solitario, publicó un artículo de Historia del Arte, Pinturas de la iglesia Parroquial de Getafe. Así cuenta su experiencia universitaria:

Yo quería seguir estudiando. Mi padre lo quería. Don Eduardo me animaba a hacerlo y otro Catedrático de la Universidad, Don Juan Moneva, amigo íntimo de la familia de mi madre, insistía un día y otro día en que debía seguir estudiando. Sólo mi madre me decía que cogiese el libro de algebra o filosofía que quisiera, pero que tenía que zurcirme las medias, los guantes, guisar… Muy útil me fue la enseñanza y las ideas de mi madre, pues en mi vida tuve que atender mucho a mi hogar y a sus necesidades.

Mis padres, para que no fuera sola, buscarían a una señorita alemana, Barbara, católica, que me acompañaría a la entrada y salida de clase. Era la Guerra del Catorce y esto fue fácil. Al llegar a la Universidad me metían en un pequeño cuartucho que tenía el conserje y donde se guardaban las escobas y utensilios de limpieza. Al empezar las clases salía de allí y ocupaba un pupitre separado de los demás alumnos. El primer curso era lo que se llamaba “el Preparatorio” y servía para Letras y Derecho. Los alumnos eran bastante numerosos, ya que muchos querían llegar a ser abogados.

Entre sus profesores universitarios se encontraban: Don Hipólito Casas y Gómez de Andino, de Literatura Española, Don José María Ramos Loscertales, Don Miguel Sancho Izquierdo, Don Andrés Jiménez Soler, Don Manuel Serrano Sanz y Don Domingo Miral.

Dolores de Palacio inició también los estudios de Derecho en la Universidad de Zaragoza, que prosiguió después en la de Madrid y, finalmente, ya casada, finalizó en la de Salamanca. Entre sus profesores zaragozanos se encontraban Don Miguel Sancho Izquierdo, de nuevo, Don Salvador Minguijón y Don Ignacio Jiménez Vicente. Todos le dieron Matrícula de Honor en sus respectivas asignaturas.

Terminada su licenciatura en Filosofía y Letras, se trasladó a Madrid para realizar el Doctorado que culminó con una tesis sobre Historia del Arte. En las aulas de la Universidad Central coincidió con los futuros académicos José Camón Aznar, el marqués de Lozoya, el cineasta Buñuel y Vicente Raspar Soler, futuro secretario del Presidente Azaña.

Por la temprana muerte de sus padres tuvo que ocuparse de su familia y posponer su carrera profesional hasta el casamiento de su hermana menor. Libre de las obligaciones familiares, al anunciarse en 1926 oposiciones a Cátedras de Instituto, de la asignatura de Francés, decidió presentarse, porque consideraba que eran más fáciles de preparar que las de Historia, dado su dominio de esta lengua, que había adquirido en sus primeros estudios con la monjas francesas y en sus estancias en el convento de la orden en Poitiers, tras la muerte de sus padres.

Dolores de Palacio con el claustro de profesores del Instituto de Osuna (Sevilla), 1929

Aprobó las oposiciones: fue la primera mujer que alcanzó una Cátedra de Francés y obtuvo plaza en el Instituto de Osuna (Sevilla), un centro recién creado por la Dictadura de Primo de Rivera. Allí conoció a quien cuatro años más tarde se convirtió en su marido, Jesús Sánchez Reyes, físico y matemático, también profesor. En 1930, la familia se trasladó a Salamanca, ciudad natal del marido, hijo de un prestigioso abogado y Decano de la Facultad de Derecho. Allí Jesús pretendía llevar a cabo una carrera de profesor universitario, pero fue alterada por la Guerra Civil.

Dolores de Palacio, tras una excedencia por el nacimiento de sus dos primeras hijas y una vez logrado el traslado desde el Instituto de Osuna al de Ávila, con el fin de estar más cerca del domicilio familiar, consiguió ser destinada en comisión de servicios como directora al recién creado Instituto de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca).

Tras el nacimiento de su tercer hijo, en 1935, decidió establecerse en Ávila, donde ocupó la Cátedra de Francés del único Instituto entonces existente en esta ciudad y provincia. Allí le sorprendió la Guerra Civil, allí nació su cuarto hijo en 1939 y, ante los acontecimientos, allí se instaló definitivamente la familia. Durante los años de la guerra y los primeros de posguerra, cuando se implantó la enseñanza optativa de los idiomas Alemán, Italiano y Portugués en los Institutos, como alternativa al Francés e Inglés, Dolores de Palacio se hizo cargo también de la enseñanza del Alemán, idioma que había aprendido en sus años universitarios con su señorita de compañía.

Al fallecer el director de aquel Instituto, Luis Muñoz Almansa, en septiembre de 1939, Dolores de Palacio, en su condición de Subdirector (sic) del Centro, asumió la dirección en funciones del mismo, hasta ser nombrada Director (sic) titular, en enero de 1940. Permaneció en el cargo hasta febrero de 1945, fecha en la que fue destituida por el recién nombrado Gobernador Civil y Jefe Provincial de FET y de las JONS, Luis Valero Bermejo.

Se jubiló en 1965 y falleció en 1989, a los 94 años de edad. Tras su jubilación, el colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y Ciencias del distrito Universitario de de Salamanca la reconoció como “Colegial distinguido” y el Ministerio de Educación le concedió la Orden de Alfonso X el Sabio en el grado de Comendador.

Muy querida por sus alumnos y por las familias de éstos, gozó de una gran notoriedad, pues fue profesora de, prácticamente, todas las personas que estudiaron el Bachillerato en el Instituto de Ávila en los treinta años que permaneció en activo. ElInstituto era un centro mixto, probablemente por ser el único centro público de enseñanza secundaria en la provincia, a pesar de que la doctrina oficial del régimen de Franco imponía separación de sexos en la enseñanza primaria y secundaria. Los espacios del centro estaban separados: las alumnas entraban por la puerta principal y los chicos por una puerta lateral. El número de alumnas era mucho más reducido y con frecuencia abandonaban el instituto tras el Bachillerato elemental, para continuar estudios de magisterio en la Escuela Normal de Maestras. Cuando María Dolores ejercía la dirección del Instituto, recibía a las comisiones de alumnos en la mesa camilla de su casa y los obsequiaba con un pastel y una copita de vino dulce cuando le iban a felicitar el día de su onomástica, el Viernes de Dolores. Miles de abulenses la conocían, simplemente, como Doña Dolores, y todavía hoy muchos la recuerdan así.

Mª Dolores de Palacio y Azara fue una mujer liberal y liberada, amante de un profundo sentido de libertad que había heredado de su padre: un militar, teniente coronel de Infantería, que luchó en la Guerra de Cuba y cuyo mayor orgullo consistía en que en su unidad no se hubiesen producido bajas, aunque esto hubiese frenado su ascenso en el escalafón.

A pesar del ambiente profundamente conservador y tradicionalista de la familia de su marido, Dolores de Palacio y Jesús Sánchez-Reyes constituyeron una familia alejada del prototipo abulense de los años 40 y 50. En primer lugar, porque los dos trabajaban fuera del hogar, y además ella, ocupaba un lugar profesional y social superior. De fuertes convicciones religiosas y morales, pero sin beatería ni ñoñerías, y un perfil político de derechas, pero mucho más centrado que la mayoría de la burguesía y pequeña burguesía de la época, nunca vieron a las gentes de izquierdas con la imagen perversa del régimen, y mantuvieron numerosos amigos que habían sido depurados. Dolores siempre tuvo un estrecho contacto con Francia y, en cuanto fue posible, allí viajó con toda su familia. Esto permitió que sus hijos se criaran en un ambiente abierto e intelectual y, consecuentemente, se forjaran su camino.

Con un pensamiento mucho más aperturista que el de cualquier mujer de la época, fue una de las primeras mujeres licenciadas, doctoras y catedráticas de España, y nunca se consideró una mujer “feminista”. Creía en la igualdad entre hombres y mujeres, creía que las mujeres podían realizarse como seres humanos igual que los hombres, pero no compartía muchos de los planteamientos de los movimientos feministas: pensaba que la igualdad no implicaba que las mujeres fueran como los hombres, porque llevaría a perder el carácter diferenciado de la condición femenina y estuvo en contra de la guerra de los sexos.

Publicado en: Piluca Fernández Llamas, Inocencia Torres Martínez, Cristina Baselga Mantecón y Concha Gaudó Gaudó (2011), “Pioneras en la educación secundaria aragonesa”, en G. Vicente (coord.),  Historia de la Enseñanza Media en Aragón, pág. 249-346. Zaragoza. Institución Fernando el Católico.

En el II Congreso sobre la Historia de la Enseñanza Media en Aragón, celebrado en el IES Goya de Zaragoza en abril de 2011, se presentó la obra de Dolores de Palacio,  Memorias de una mujer catedrático, recopiladas y editadas por su hijo Carlos Sánchez-Reyes de Palacio.

DOLORES DE PALACIO Y DE AZARA: MEMORIAS DE UNA MUJER CATEDRÁTICO Como hemos dicho al comienzo de la charla, la implicación de las familias ha sido decisiva para la recuperación de la historia personal y profesional de las pioneras en la educación. En algunos casos esta implicación ha supuesto la iniciación, a su vez, de trabajos de investigación familiar y personal. Este ha sido el caso de Carlos Sánchez-Reyes de Palacio, hijo de Dolores de Palacio y Azara, una de las primeras alumnas del Instituto General LOS BACHILLERATOS FEMENINOS y Técnico de Zaragoza (obtuvo el Bachillerato en 1915), primera licenciada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza (junto con Áurea Javierre) más tarde, en 1926, una de las primeras catedráticas de Bachillerato. Las entrevistas que mantuvimos con él sobre su madre para nuestro trabajo le animaron a recuperar los cuadernos de notas de su madre, dictados en sus últimos años, y las cintas grabadas en una entrevista realizada por María Cátedra Tomás, catedrática de Antropología Social en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, y ofrecernos un fantástico libro, personal y documentado, un documento que se convierte en un testimonio excepcional del camino recorrido por estas mujeres pioneras en la educación. M.ª Rosa Domínguez Cabrejas hace, como presentación del libro en este Congreso, con su magisterio habitual, una excelente recensión crítica y analítica de este texto, que por su interés transcribimos a continuación:

SÁNCHEZ-REYES DE PALACIO, Carlos, Memorias de una Mujer Catedrático. Dolores de Palacio de Azara. Edita Carlos Sánchez Reyes de Palacio, Madrid, Imp. DiScript Preimpresión, S.L., 2010.

La celebración en la Universidad de Zaragoza, el 8 de marzo de 2010, de un acto académico en recuerdo de los cien años del libre acceso de las mujeres a la Universidad española y que estuvo acompañado de una exposición sobre las primeras mujeres que cursaron sus estudios en la Universidad de Zaragoza, muchas de las cuales ocuparon puestos destacados en las profesiones a las que optaron, dentro de las limitaciones que para el ejercicio profesional continuaron existiendo durante varios decenios, se ha visto felizmente culminada por la publicación del libro que se comenta a continuación.

Se desea constatar, no obstante, que el empeño que el grupo coordinador de dicha exposición mantuvo para contactar con descendientes de aquellas primeras universitarias y que se hizo realidad en varios casos, tuvo una respuesta no solo positiva, sino muy gratificante en el caso de una de las dos primeras jóvenes matriculadas en la Facultad de Filosofía y Letras de la citada Universidad, Dolores de Palacio de Azara. Contactar con su hijo Carlos Sánchez-Reyes de Palacio, ha dado como resultado la decisión de éste de publicar el material inédito de su madre sobre los principales acontecimientos de su vida académica y profesional –teñido también de acontecimientos personales–, bajo el título de Memorias de una Mujer Catedrático. Dolores de Palacio de Azara. Dicha publicación fue presentada en el Instituto «Goya» de Zaragoza el 13 de abril de 2011, en el II Congreso sobre «Historia de la Enseñanza Media en Aragón.

Hay que expresar, por tanto, una doble satisfacción. Por una parte, el hecho mismo de la publicación, en la que se completan algunos momentos de la vida de Dolores de Palacio con experiencias vividas y compartidas por el autor, (añadidos que en dicha publicación se destacan con diferente tipografía) y también por el destacado lugar que ocupó su presentación en el referido Congreso, en cuya exposición se pudo contar con las aportaciones personales de Carlos Sánchez-Reyes.

Se ha estimado muy positivamente la oportunidad de la publicación en el tiempo –celebración del primer centenario de supresión de las trabas burocráticas que impedían el acceso fluido de las mujeres a la Universidad– y, de hecho, el acceso al Bachillerato. Pero hay que hablar también de valentía por parte del autor, ya que se trata de unas memorias que se estiman muy sinceras y naturales tanto por lo que Dolores de Palacio escribe, como por sus manifestaciones en las grabaciones que hizo en los últimos años de su vida, todavía con toda su lucidez, a M.ª Cátedra Tomás, catedrática de Antropología Social de la Universidad Complutense. Hay que destacar, asimismo, el interés de la selección de cartas, notas y escritos realizada por Carlos Sánchez-Reyes.

La intervención del autor en estas Memorias, aunque está impregnada de un profundo amor hacia su madre, no afecta al fondo de su contenido. Simplemente las hace más vivas y más directas. Nos encontramos, pues, ante una publicación que atrae e interesa, que se lee con avidez, porque refleja el carácter de una mujer que más allá de su destacada posición social, tuvo muy claro cuál debía ser la preparación que habían de emprender esas primeras universitarias para abrirse un camino profesional y para luchar contra la incomprensión social –y hasta familiar–, sin que ello debiera implicar un alejamiento de su función específica como mujeres.

El libro consta de tres partes: la propiamente considerada «Memorias», en la que se destacan momentos decisivos de su larga vida; un «Apéndice» en el que se recogen testimonios de personas que tuvieron la oportunidad de tratarla en muchos casos como docente, como profesora y que supieron valorar su saber, su capacidad comunicativa y sus relaciones humanas que ella cultivó con esmero. Se incluye también una interesante «Galería fotográfica», que se inicia con distinguidos antepasados, dado el entronque nobiliario de Dolores de Palacio y se completa con imágenes de diversos momentos de su vida.

En la primera parte se van desgranando sus recuerdos a lo largo de una serie de capítulos, ordenados cronológicamente, referidos a los momentos más importantes de su vida, que comienzan con sus orígenes familiares y terminan cuando está próximo el final de su larga vida (1895-1989). Tanto su vida académica y profesional –fue la primera mujer director de Instituto en España– como su vida personal, familiar y social constituyen el contenido de estas memorias.

En relación con ellas, creo que debe hacerse hincapié en la naturalidad y espontaneidad de la exposición, la sencillez del relato y, asimismo, la intensidad narrativa, característica esta última que se hace evidente al referirse a los momentos más delicados de su vida y del contexto sociopolítico que, especialmente durante los años de la guerra civil y posguerra, le tocó vivir.

Se podría afirmar al final de la lectura de este libro que Dolores de Palacio tiene un concepto de sí misma muy ajustado a lo que ella debió de ser y que coincide con algunos de los testimonios presentados.

Se proclama como una persona liberal y progresista, una persona vital y creo que puede añadirse que se trata de una persona que tiene fe en los demás, que tiene una visión positiva de la vida, a pesar de los avatares que una existencia tan larga forzosamente le deparó.

Los primeros recuerdos, más allá de la etapa de su infancia, se dirigen a las vivencias de sus años de estudiante. A través de ellos nos esclarece con gran realismo la situación de las mujeres en los dos primeros decenios del siglo XX, en relación con el acceso a unos estudios superadores de una primera enseñanza, que quedaba adornada de un barniz cultural, especialmente para las clases acomodadas o muy acomodadas, tal y como era la suya de acuerdo con su ascendencia genealógica. Es consciente del significado de su apellido, Azara, del que, sin un asomo de presunción, se siente orgullosa. Y quizá piensa que ello le exige más.

Dolores de Palacio, de una familia aragonesa de rancio linaje, que describe con gran precisión, opta por el estudio, que cuando se inicia en la Universidad ya puede hacerlo bajo la modalidad de alumna oficial, puesto que han desaparecido los obstáculos legales que limitaban el acceso de las mujeres a los estudios superiores. Y su opción por el estudio no lo ve como algo excepcional por el hecho de ser mujer, sino, simplemente, como algo interesante, que requería dedicación y esfuerzo personal. Y dice algo muy importante: corrobora la idea de que fue bastante decisivo para las primeras estudiantes bachilleres y universitarias el estímulo paterno.

Dolores de Palacio nos proporciona, pues, testimonios muy interesantes de los primeros años de estudiante, pero sin que a ello le conceda apenas importancia.

Inicia sus estudios de Bachillerato en el Instituto de Zaragoza, hecho bastante insólito, pero ¿de qué modo? Como alumna libre, que junto con dos compañeras y un compañero son preparados por un profesor particular. El Instituto es el lugar para ser examinada. En este sentido, a principios de siglo –ateniéndonos al Anuario Estadístico de 1900-1901 el número de niñas o jóvenes ma tricu ladas en toda España ese curso era de 44, una en el Distrito Universitario de Zaragoza. Por esta razón, lo que sí tiene un alto valor son los recuerdos de sus años como estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras y de algunas asignaturas de Derecho que asimismo cursó.

Debe advertirse que fue, junto con Áurea Javierre Mur, la primera alumna de dicha Facultad, hecho nuevo pero que ya no tendría vuelta atrás.

Ser pioneras era muy importante porque debían ofrecer una imagen de las mujeres como estudiantes que eliminara definitivamente las indecisiones y los prejuicios sociales sobre la capacidad intelectual, el tesón y la capacidad de trabajo de las mujeres en este nuevo entorno.

No obstante, las circunstancias que rodearon esos primeros años de estudios universitarios no fueron fáciles. Así, tuvo que soportar una situación que desde un punto de vista actual podría considerarse ridícula: va y vuelve a la Facultad acompañada de señorita alemana y ella, junto con su compañera Áurea Javierre, quedan relegadas a un cuartito o cuartucho, durante los tiempos libres, como ella misma afirma.

Mas tal es su interés por los estudios que ante estas situaciones no muestra una actitud beligerante. Nada delata malos ratos o impaciencia. La visión que da supera los pequeños inconvenientes de cada día. Da la impresión de que está contenta, que se siente satisfecha en lo que a ella más le interesa, es decir, el estudio.

Creo que puede afirmarse que se trata de una joven ávida de conocer, de aprender y que juzga bien a sus profesores. En este sentido, es muy interesante comprobar con qué naturalidad cita a catedráticos de la Universidad de Zaragoza, a quienes solo conocemos hoy por su nombre, por sus publicaciones o por su participación institucional, pero a los que ella se refiere en su calidad de profesores y en su dimensión personal. Los aproxima al lector con gran sencillez y a través de su relato podemos saber, por ejemplo, que algún catedrático todavía usaba toga y birrete para impartir las clases, hecho que, por otra parte, veía con agrado. Recuerda a profesores como Juan Moneva, Andrés Jiménez Soler, Manuel Serrano Sanz, Eduardo Ibarra, Domingo Miral, Sancho Izquierdo, entre otros, y recuerda con afecto y gratitud sus enseñanzas, de las que hace una valoración muy positiva. De algunos reconoce de forma explícita su competencia y cómo inducían a los alumnos a realizar las primeras investigaciones.

Pero Dolores de Palacio posee una serie de conocimientos que proceden de su educación familiar, de su aprendizaje de la lengua francesa desde la infancia y desde sus vivencias en Poitiers. Y todo esto la mueve a participar, a intervenir en clase más activamente, a dar ágiles respuestas y aun en alguna ocasión, incluso, a colaborar en la presentación de un profesor visitante por su conocimiento del francés y alemán. Su interés por el estudio y por aprender lo lleva adelante con todas sus fuerzas, como lo prueban las excelentes calificaciones que obtiene en la Universidad, a semejanza de lo que había ocurrido en el Instituto.

Y responderá afirmativamente al estímulo para seguir su formación académica y se trasladará a Madrid para hacer el Doctorado, una vez finalizada la Licenciatura en 1917.

Mas de nuevo hará una valoración positiva de sus profesores y de la dirección del trabajo que fue objeto de su tesis doctoral, que fue inmediatamente publicada. También estima la competencia de algunos de sus compañeros y de las amistades que mantuvo con varios de ellos: Camón Aznar, el marqués de Lozoya, o con el cineasta aragonés Luis Buñuel. Relata, asimismo, cómo una vez terminado el doctorado, y ya de nuevo en Zaragoza, colaborará con el catedrático don Juan Moneva y un pequeño grupo de compañeros en el estudio filológico del aragonés.

Como se ha señalado anteriormente, desde el punto de vista personal se considera en todo momento una mujer liberal y vital y esto lo demostrará a lo largo de su vida, a través de su actitud respetuosa y tolerante, aunque no exenta de críticas cuando considere que alguien se excede, críticas que realizará desde su posición institucional o personal.

Su condición de mujer, de la que se siente orgullosa, la mueve a aceptar, incluso con agrado, una preparación como futura esposa, madre y dueña del hogar que su supo imbuirle, según refiere, con gran tesón. Entiende y valora estas enseñanzas, lo mismo que asume los principios religiosos que le transmitieron, aunque siempre estará alejada de posiciones dogmáticas y formalistas.

Ve con claridad el momento histórico que le tocó vivir en relación con las expectativas de educación para las mujeres y, por ello, no perderá de vista la importancia que tendrá el trabajo y, en su caso concreto, la docencia como un medio también de realización personal. En este sentido, como bastantes de esas primeras universitarias, deseaba realizarse en un trabajo relacionado con sus estudios y nada más propio que opositar a una cátedra de Instituto, hecho que llevó a cabo en cuanto tuvo ocasión para ello y que resolvió adecuadamente al obtener la cátedra de Francés del Instituto de Osuna (1926).

Se trata de una fase importante en su vida. Su destino y ejercicio profesional en dicha ciudad le permitió ser plenamente consciente de que constituía parte de una minoría. No obstante, tenía la convicción de que su trabajo, tesón y eficacia profesional eran sus mejores avales para ganarse el respeto de los compañeros, que eran los componentes del resto del claustro y, asimismo, de los alumnos.

En el desempeño de su profesión muestra que es una mujer valiente y en cierta manera rompedora, pues aun dentro del ambiente de una ciudad andaluza, como Osuna, y en la década de los años veinte, sabe situarse, salir airosa y ganarse el aprecio de compañeros y alumnos. Siempre se sentirá orgullosa de su función como catedrático de Instituto, a la vez que reconocerá el prestigio de que disfrutaban estos centros.

En su ejercicio profesional no desea ningún trato especial, quiere estar en su sitio, como sus compañeros, manteniendo su condición de mujer, pero sin querer ningún tipo de discriminación positiva. Ella se sentía profesor, y en los años durante los que ocupó la dirección de un Instituto, –como se ha indicado anteriormente ella fue la primera mujer que desempeñó este cargo en España– firmará como «Director». No deseaba añadir la distinción del género femenino, pues no encontraba en ello el menor interés. La incorporación de las mujeres a los Institutos fue una idea tan asumida por ella que apenas hará juicios de valor ante la incorporación de otras mujeres al claustro del Instituto en el que ejercía. Para ella debía ser algo natural.

Y como mujer que adquiere un compromiso matrimonial, buscará los medios –concurso de traslados– para estar lo más cerca de su marido y atender a su recién creada familia. Para ello, no dudará en solicitar Peñaranda de Bracamonte, aunque algún tiempo después regresará a Ávila, ciudad en la que permanecerá desde el año 1932 hasta el final de sus días.

Su capacidad crítica, a la que ya se ha aludido, se puso de manifiesto con algunos personajes, aunque detentasen poder institucional. Rechaza de plano muchas de las limitaciones impuestas por el nacional-catolicismo y no duda en expresar su desagrado ante algunas de ellas. Todas las actuaciones intolerantes de personas con las que mantenía alguna relación le resultan enojosas y las critica, independientemente de la posición social o institucional que aquellas ocupasen. Creo, por ello, que puede hablarse de una persona poseedora de un pensamiento independiente.

Su permanencia en el Instituto de Ávila, como director entre 1940 a 1945 y como catedrático desde 1932 a 1965, le permitió vivir años especialmente comprometidos, sobre todo en su calidad de director, época durante la que hubo de hacer valer su posición institucional y su condición de mujer y tomar algunas decisiones contrarias al ambiente marcado por el nacional-catolicismo. En este sentido y a pesar de las presiones, consiguió que el Instituto fuese mixto, apoyándose en razonamientos que hoy se estiman totalmente válidos. Sus desacuerdos puntuales con las autoridades gubernativas provocaron su destitución en el año 1945 como director del Instituto.

Durante los años de docencia en el Instituto está muy interesada por sus alumnos; los conoce bien y en su referencia a algunos de ellos, posteriormente situados en puestos institucionales destacados, muestra un gran poder de observación. Por otra parte, el afecto y consideración mostrado por muchas familias años después refleja que supo crear una empatía y que su personalidad trascendió la mera docencia.

En relación con los profesores, supo acoger a los recién llegados y su casa familiar fue un lugar de tertulias que fortalecían las relaciones más allá de la docencia oficial.

Las referencias a su experiencia vital, especialmente en la ciudad de Ávila, constituyen un interesante testimonio de la vida de una familia española de clase acomodada a partir del Alzamiento de 1936 y que formó parte desde el primer momento de la España nacional. La descripción que realiza de la época de la guerra y de la posguerra nos acerca enormemente a la realidad cotidiana. Podía permitirse el lujo de tener una casa con quince habitaciones, de tener muchachas para el servicio doméstico, pero también estuvo rodeada no sólo de la falta de comodidades propias de la época –el frío se combatía mal y ella era la primera en contribuir a superar esta dificultad–, sino de todas las carencias que afectaron al país y cuyo recuerdo pervive todavía en la conciencia colectiva de personas que las experimentaron y en las que debe destacarse el miedo de los primeros años, sus sentimientos y temores y la escasez de todo.

La descripción de sus relaciones sociales, de las tertulias en su casa, refleja su capacidad de observación y, al igual que lo hizo siempre en relación con el estudio, mostró su interés por las personas con quienes trataba, por sus problemas, por sus aspiraciones, fuesen de la condición social que fuesen. A algunas de las más próximas y de modesta condición social trató de imbuirles la necesidad de aprender, de instruirse, de estudiar.

A pesar de las dificultades, se encuentra bien en Ávila y sus descripciones de la vieja ciudad dejan ver su entusiasmo y amor por ella, que hace contagioso al lector.

No perdió nunca la curiosidad e interés por el mundo que la rodeó, como demostró a través de los viajes que realizó una vez jubilada a los setenta años. Acompañada por su hijo Carlos –y a veces también sola a zonas más próximas–, tuvo ocasión de visitar algunos países, de lo cual deja cumplido testimonio.

Se muestra a gusto con los cambios que a lo largo del tiempo han afectado a la sociedad española y valora el tiempo actual, más libre y más abierto, en el que la mujer va ocupando el lugar que le corresponde. Finalizará sus memorias afirmando que fue una mujer pionera en la Universidad de Zaragoza, como otras que siguieron el mismo camino.

Desde un punto de vista actual, creo que debe ser considerada poseedora de unas sobresalientes cualidades intelectuales y personales. Dolores de Palacio y con ella el resto de esas primeras mujeres universitarias, muchas de ellas profesionales, han constituido un claro ejemplo para las generaciones posteriores.

M.ª Rosa Domínguez Cabrejas.

Carlos Sánchez-Reyes de Palacio, con unas emotivas y hermosas palabras sobre su madre, pone fin a esta charla.

Publicado en: Piluca Fernández Llamas, Inocencia Torres Martínez, Cristina Baselga Mantecón y Concha Gaudó Gaudó, (2012), “Los bachilleratos femeninos”, en Guillermo Vicente (coord.) Estudios sobre la Historia de la Enseñanza Secundaria en Aragón. Págs. 109-145. Zaragoza Institución Fernando el Católico.

 

NOTAS

1 Carlos Sánchez-Reyes de Palacio nos ha facilitado esta interesante y extensa biografía profesional de su madre, incorporando datos de las Memorias que ella misma redactó. También incluye importantes datos familiares en su obra, entre la crónica político-social y unas memorias biográficas, Ávila…cuando emigraban las cigüeñas (1935-1956), Madrid, 2004.

2 A. Javierre. y Mª D. Palacios, Los bandos de los Marcillas y los Muñoces en Teruel en el s. XIV, Revista de Archivos, bibliotecas y Museos, (RABN), vol. 36, 1917.

3 Palacios y de Azara, Mª Dolores, Pinturas de la iglesia Parroquial de Getafe, Boletín de la Sociedad española de excursiones, Madrid, 1918.

4 Fräulein Barbara pertenecía a la colonia de alemanes procedentes de Camerún afincados en Zaragoza en 1914.

5 C. Sanchez-Reyes, Op.cit., p. 29.

6 Estas oposiciones a Cátedras de Instituto, celebradas en 1928, fueron las primeras en las que opositaron mujeres en varias asignaturas y ganaron una cátedra, entre ellas tres alumnas o profesoras de Zaragoza.

7 C. Sanchez-Reyes, Op.cit., p. 25-45 y 113 y ss.

8 SÁNCHEZ-REYES DE PALACIO, Carlos, Memorias de una Mujer Catedrático. Dolores de Palacio de Azara. Edita Carlos Sánchez Reyes de Palacio, Madrid, Imp. DiScript Preimpresión, S.L., 2010.

9 Las autoras de este artículo reivindicamos el uso del femenino para la designación de títulos académicos y profesionales de las mujeres. El término «catedrática» se utilizaba en los años veinte del pasado siglo en algunos documentos oficiales, Reales Órdenes, etc., sobre todo en documentos referidos a la creación de los Institutos femeninos y la polémica abierta sobre la preferencia de profesoras para los mismos. Carlos Sánchez-Reyes utiliza el término «catedrático», reconociendo además que es el que utilizó y prefirió su madre.