Fernando LÁZARO CARRETER (Zaragoza, 13 de abril de 1923-Madrid, 4 de marzo de 2004) fue un eminente lingüista, crítico literario y académico.

De familia de origen campesino procedente de Magallón (Zaragoza), Lázaro Carreter nació en la zaragozana calle de Predicadores. Un año antes de que él viniera al mundo, sus padres, Julián y Eufemia, se habían trasladado a Zaragoza, donde su padre se empleó como representante de una mina de carbón de Utrillas (Teruel), población cuyo instituto lleva actualmente el nombre de Lázaro Carreter. Posteriormente, la familia vivió en las calles de San Pablo, San Agustín, Don Juan de Aragón  y Santa Cruz.

Fue desde niño un gran lector que, ya  a los nueve años, devoraba las columnas de los periódicos. Más tarde, su pasión por Azorín forjó su amor por la lengua española. Según contó él mismo a los alumnos del Goya en el homenaje celebrado en marzo de 1976,  Fernando Lázaro fue alumno de la escuela municipal “Marcelino López Ornat”, situada detrás de La Seo. En 1932 ingresó  en las Escuelas Preparatorias del Instituto Goya, donde permaneció durante dos cursos, al término de los cuales su maestro, don  Rafael Jiménez, aconsejó a sus padres que le permitieran iniciar el bachillerato.

Habiendo aprobado el examen de ingreso con sobresaliente, el 1 de octubre de 1934 realizó la prueba que le permitió conseguir  Matrícula de Honor para iniciar  el bachillerato en este centro. Eran los años de la Segunda República y el Instituto, dirigido por Francisco Cebrián, estaba situado entonces en el edificio de jesuitas (en la plaza de Paraíso), que había sido nacionalizado. En el curso 1936-1937, Allué Salvador sustituyó a Cebrián como director, y el centro, hasta entonces mixto, pasó a ser masculino. Lázaro Carreter se vio separado así de quienes habían sido sus compañeras en el Instituto, pero conservó siempre su amistad. Cuando el colegio fue devuelto a los jesuitas en 1939, el instituto se mudó provisionalmente a la Escuela de Artes y Oficios (en la actual plaza de los Sitios),  para regresar posteriormente al edificio de la Universidad (en la plaza de la Magdalena), al quedar espacio libre  por el traslado de la Facultad de Letras a la Ciudad Universitaria.

1941. Último año del bachillerato en el Instituto Goya de Zaragoza. Fernando Lázaro es el tercero por la derecha de la fila superior. A su izquierda, Félix Monge; en la segunda fila, el segundo por la izquierda es Manuel Alvar López. (cervantesvirtual.com)

Lázaro Carreter obtuvo  Matrícula de Honor en los siete cursos de bachillerato.  Pertenecía  a la llamada promoción de oro del Goya (1934-1941), tan brillante que un año —recordaba— se dieron en el  grupo siete premios extraordinarios. Entre sus compañeros, nombraba en 1972 —además de Alvar y Monge, futuros catedráticos de universidad— a Pedro Baringo, presidente de la Diputación, y Mariano Horno Liria, alcalde de Zaragoza; a Pedro Gómez, director de la Escuela Normal de Magisterio, y a  Serrano Iriarte, catedrático de Escuela Técnica. De sus profesores, recordaba a Allué Salvador, Rafael Ibarra, Francisco Cebrián y Benigno Baratech,  y en el último curso de bachillerato, a José Manuel Blecua Teijeiro, “un regalo”, un profesor joven, con un estilo nuevo que conquistó a los alumnos. 

Las enseñanzas de Blecua influyeron decisivamente para que tres de los alumnos de la promoción (Manuel Alvar, Félix Monge y el mismo Lázaro Carreter) se convirtieran en brillantes filólogos. Sin embargo, Fernando Lázaro  quiso ser médico antes que filólogo, pero no soportó la primera lección de anatomía, según  confesó él mismo. Por ello, junto a Alvar y Monge, ingresó en la Facultad de Letras de Zaragoza en 1941. Allí cursaron los dos años de comunes bajo el magisterio de otro eminente profesor, el navarro Francisco Ynduráin,  quien llegó a Zaragoza en mayo de 1941. En 1943, con Félix Monge,  se trasladó  a Madrid para cursar la especialidad de Filología Románica —inexistente en Zaragoza— con una beca concedida por la Universidad Central en concurso de méritos entre estudiantes de toda España.

Realizó el servicio militar como oficial de Milicias Universitarias en el Batallón de Montaña nº 3, con base en Zaragoza, pero desplegado en Candanchú, en el Pirineo. En la entrevista concedida en 1998 para el Boletín del Ejército de Tierra, recordaba lo duro que era el invierno  para los soldados, cuando el techo de los pabellones de madera donde dormían quedaba completamente cubierto de nieve. Las bajas temperaturas obligaban a relevar a la guardia cada cuarto de hora, por temor a que se congelaran. Cuando lo licenciaron, en plena época navideña, se habían quedado aislados a causa de la nieve y tuvo que esquiar varios kilómetros desde Candanchú para poder coger el tren en Jaca.

Terminada la licenciatura en 1945,  en 1946 obtuvo por oposición la plaza de adjunto en la cátedra de la que era titular Dámaso Alonso. Bajo la dirección de este  se inició en la investigación filológica y elaboró la tesis doctoral titulada El desarrollo de las ideas lingüísticas en el siglo XVIII, Premio Extraordinario de Doctorado,  que defendió en 1947.

1958. Con don Ramón Menéndez Pidal y otros profesores de los Cursos de Verano de Jaca (Universidad de Zaragoza). (cervantesvirtual.com)

En 1948-1949 fue colaborador del Seminario de Lexicografía de la RAE, dirigido por Julio Casares, y Secretario de la Revista de Filología Española, editada por el CSIC. A partir de abril de 1948 aparece como Consejero Correspondiente de la Institución Fernando el Católico de Zaragoza (IFC), en cuya sección de Filología Aragonesa colaboraba desde 1945.

En 1949, con solo veintiséis años, obtuvo por oposición la cátedra de Lingüística General y Crítica Literaria en la Universidad de Salamanca, en la que permaneció hasta 1970. Durante estos años, considerados por él los más fecundos de su carrera, desarrolló una intensa actividad. Ejerció el cargo de director del Colegio Mayor San Bartolomé (1950-1958), fue elegido vicedecano (1957-1962) y  decano (1962-1968) de la Facultad de Filosofía y Letras.  Presidió la Comisión local organizadora de IV Congreso Internacional de Hispanistas, celebrado en 1971; fundó y dirigió los Cursos de Filología Hispánica de la Universidad (1950-1971); fue director de los ‘Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno’ (1967-1970), codirector de la “Biblioteca Anaya” de clásicos españoles y director de la colección “Temas y Estudios”. En su  etapa salmantina contrajo matrimonio con Ángela Mora Salvo y nacieron sus tres hijos: Clara Eugenia, María Ángeles y Fernando.

En 1970 se incorporó a la Universidad Autónoma de Madrid como catedrático de Lengua Española. En 1972 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española, de la que era miembro correspondiente desde 1958. Ingresó con un discurso sobre el Diccionario de Autoridades. En esta etapa dirigió la revista ‘Ábaco’ (1970) y la colección ‘Clásicos Castalia’ (1973-1976). Se ocupó, así mismo, de introducir en España los más recientes métodos de la teoría lingüística y literaria norteamericana, de los  que había tenido noticia  durante su estancia como profesor invitado en la Universidad de Texas en 1967. Así, escribió una serie de artículos con investigaciones estrictamente teóricas que reunió  en su libro  Estudios de poética:(La obra en sí), 1976, e  incorporó al ámbito español los estudios de gramática generativa.

En 1978 se trasladó   a la Universidad Complutense, donde se jubiló como catedrático de Teoría de la Literatura en 1988. La novedad en esta etapa de la Complutense, según Ignacio Bosque, es que no escribe estudios sobre un texto o un autor determinado, sino ensayos más generales como los titulados “¿Qué es la literatura?” o “Lengua literaria frente a lengua común”. 

En 1988, al cumplir los 65 años, le llegó la jubilación forzosa. Unos años después, pasó a ser  director de la Real Academia, en la que ocupaba el sillón R. Sucedió en el cargo  a su compañero de instituto Manuel Alvar. Fue elegido el 5 de diciembre de 1991 y reelegido el 1 de diciembre de 1994. Ocupó el cargo hasta  diciembre de 1998.  Durante su mandato, trabajó para  mantener la unidad del idioma y  lograr la modernización de la institución, impulsando la creación del banco de datos del español y la primera página electrónica de la Academia. Se estrecharon las relaciones con las Academias Americanas, se redactaron unos nuevos estatutos (1993) y aparecieron dos  ediciones del Diccionario de la lengua española (1992 y 1994) y la primera edición del Diccionario escolar (1993). Un año después de dejar el cargo, vio la luz la Ortografía (1999). Además, se crearon la Fundación pro Real Academia y el Instituto de Lexicografía.

También enseñó como profesor visitante en las Universidades de Heildelberg (1959) y Toulouse (1962), y como profesor asociado, en la Sorbona, París III (1978-1980). Fue académico correspondiente de la Academia Hondureña; de la Real Academia de las Buenas Letras de Barcelona y de la de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza. Full member de la Hispanic Society of América. Presidente de honor de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada. Miembro de número del Colegio de Aragón. Medalla de Plata de la Universidad de Salamanca. Medalla de Oro de la Ciudad de Zaragoza. Commandeur dans l’Ordre des Arts et des Lettres de Francia. Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Catalunya. Premio de Periodismo “Manuel Aznar” y “Mariano de Cavia”. Premio Aragón de las Letras. Premio de la Comunidad de Madrid de las Letras. Premio Nacional de Periodismo “Miguel Delibes”. Premio Blanquerna de la Generalitat de Catalunya. Miembro de honor de la Association for Spanish and Spanish-American Studies. Doctor Honoris Causa de las Universidades de Zaragoza, Salamanca, Autónoma de Madrid, Valladolid, La Laguna, La Coruña, Buenos Aires (Argentina) y San Marcos de Lima (Perú).

Falleció en Madrid a los 80 años, pero sus cenizas fueron depositadas en un sencillo nicho del cementerio de Magallón, respetando el deseo expresado por él a su hijo Fernando en 2002, durante la última visita que realizaron juntos a esta población, con la que mantuvo siempre vínculos muy estrechos y de la que fue nombrado Hijo Adoptivo en 1972. El Ayuntamiento de Magallón dio su nombre a la Casa de Cultura (1990), le dedicó una calle (1999) y erigió un monumento en su honor, inaugurado el 12 de marzo de 2005. Víctor García de la Concha, su sucesor al frente de la RAE, recordaba  una frase que Fernando Lázaro repetía en sus últimos meses de vida: “No sabes lo que significa no poder conjugar el verbo hacer más que en pasado”. Y también: “Cuánto siento dejar de vivir”.

El académico Ignacio Bosque, discípulo suyo,   destaca dos rasgos en la personalidad de Lázaro Carreter: “la curiosidad intelectual por todo lo que tuviera que ver con el español en cualquiera de sus manifestaciones” y su preocupación “por la proyección educativa y social de la lengua en las aulas y en la sociedad”. Esa curiosidad intelectual le llevó a abordar el estudio de muy diferentes aspectos del idioma, como recuerda Bosque:

Analizó muy diversas facetas de la historia de las ideas lingüísticas y de las literarias, estudió magistralmente la lengua de un gran número de escritores clásicos y modernos; abordó también los fundamentos de la poética, y escribió sobre métrica, morfología, sintaxis, semántica y lexicología, además de sobre la historia de la lexicografía académica, entre otros campos”.

Pero su gran pasión, en opinión de Bosque, fue la lengua literaria, “la esencia de lo literario”, “el misterio del arte verbal”, tema al que volvía una y otra vez en sus escritos.

De su preocupación por la educación de un público amplio surgen, según Félix Monge, sus artículos de crítica teatral en revistas como ‘Gaceta ilustrada’o ‘Blanco y Negro’,  sus innovadores manuales de lengua y literatura (en colaboración con Correa Calderón, primero, y más tarde, con Vicente Tusón), con los que se han formado varias generaciones de españoles, así como sus famosos dardos, artículos  publicados en periódicos de España y América, en los que critica con humor los usos —por parte de periodistas y políticos, sobre todo— que se desvían de la norma. Estos artículos fueron recogidos en El dardo en la palabra (1997) y El nuevo dardo en la palabra (2003). A ese mismo interés obedece también su participación, como miembro fundador y como Asesor de Estilo,   en el Departamento de Español Urgente de la Agencia EFE (actualmente, FundéuRAE), y en la redacción de su Manual de Español Urgente (1976).

A sus facetas de sabio investigador  y  de educador,  añade Félix Monge  la capacidad de Fernando Lázaro para abrir caminos nuevos en el estudio de la lengua y la literatura. Ejemplo de ello es su  libro Las ideas lingüísticas en España durante el siglo XVIII (1948), primer trabajo científico sobre la historia de las ideas lingüísticas en España. Lo mismo puede decirse de su Diccionario de términos filológicos (1953), pionero entre los  de su clase en nuestro país; de Cómo se comenta un  texto literario  o de su edición de La vida del Buscón, de Quevedo (1965), primera edición crítica de un texto literario clásico en España.

Aurora Egido, por su parte,  destaca de Fernando Lázaro  su extraordinaria capacidad para transmitir conocimientos de forma clara:

“Parco en el adjetivo, desdeñoso de lo superfluo, Lázaro fue la claridad personificada, ejemplo palpable de que el mejor maestro no es sólo el que más sabe, sino el que comunica sus conocimientos con luz meridiana. Él demostró que, además de oficio y trabajo, la filología es también amor a una lengua y a una literatura, enseñadas y aprendidas con gozo”.

De entre sus muchos títulos publicados, recordamos también El habla de Magallón. Notas para el estudio del aragonés vulgar (1945),  Significación cultural de Feijoo (1957), Teatro medieval (1958), Tres historias de España: Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache  y Pablos de Segovia (1960), Moratín en su teatro (1961), Lope de Vega y su época. Vida y obra del Fénix (1961), Estilo barroco y personalidad creadora: Góngora, Quevedo, Lope de Vega (1966), Lazarillo de Tormes en la picaresca (1973), Introducción a la poesía de Vicente Aleixandre (1979), Estudios de lingüística (1980), De poética y poéticas (1990), Clásicos españoles. De Garcilaso a los niños pícaros (2003), Azaña, Lorca, Valle y otras sombras (2004), así como las ediciones de obras como  El villano en su rincón, de Lope de Vega (1961) o Los intereses creados, de Jacinto Benavente (1965).

Su labor menos conocida es la de autor dramático. Según Jorge Herreros Martínez, de su pluma salieron cuatro obras de teatro, pues a las tres que se le suelen atribuir, añade una cuarta  firmada con seudónimo.  En la década de los cincuenta escribió  los dramas en dos actos La señal (1952), estrenado en 1956 por la compañía de teatro María Guerrero, bajo la dirección de Claudio de la Torre, y Un hombre ejemplar (1956),  que no logró estrenar. En 1962 escribe otras dos obras firmadas con el seudónimo de Fernando Ángel Lozano. Se trata de Los primeros calores, aún inédita, estrenada el 27 de noviembre en el Teatro Recoletos de Madrid, y de su gran éxito comercial: la comedia  La ciudad no es para mí, estrenada  ese mismo año en  Palencia, Barcelona y  Madrid. En 1965 se presentó la versión cinematográfica, dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada por Paco Martínez Soria, que se convirtió en el largometraje español más visto en la década de los sesenta.

Fernando Lázaro, que fue tantas cosas,  le confesó a Juan Cruz que “lo que hubiera querido hacer en su vida es ser de Buenos Aires”, ciudad a la que amaba y a la que nunca viajó. El escritor canario lo evocaba así con motivo del centenario del nacimiento del académico:

“En la vida literaria española hubo un aragonés raro que siempre quiso ser de Buenos Aires. Fue, en vida, una de las más influyentes personalidades entre las que tuvo este país, que lo usó para que celebrara la literatura, para que mejorara la lengua, para que fijara y diera esplendor a un diccionario que no podía reposar como si fuera viejo”.

 

BIBLIOGRAFÍA:

-ARCHIVO DEL IES GOYA DE ZARAGOZA: “Expediente del alumno Lázaro Carreter, Fernando”.

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-CRUZ, Juan: “Aquel hombre que quiso ser de Buenos Aires”, elPeriódico de España, 18 de abril de 2023. En: https://www.elperiodico.com/es/opinion/20230416/hombre-quiso-buenos-aires-opinion-fernando-lazaro-carreter-118112125. [Consulta: 13 de febrero de 2026].

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-MONGE, Félix: “Premio ‘Menéndez Pelayo’ a Fernando Lázaro Carreter”. Laudatio pronunciada en el acto de entrega del VIII Premio “Menéndez Pelayo” al profesor Fernando Lázaro Carreter. Santander, Universidad Internacional Menéndez y Pela yo, 18 de julio de 19994, BBMP, LXXI, 1995, págs. 453-459. En: C:/Users/Personal/Downloads/premio-menendez-y-pelayo-a-fernando-lazaro-carreter-980188%20(1).pdf.

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-VV.AA: [Voz Fernando Lázaro Carreter], Historia Hispánica, Real Academia de la Historia. En: https://historia-hispanica.rah.es/biografias/25912-fernando-lazaro-carreter.