José Manuel Blecua Teijeiro. Fuente rae.esJosé Manuel BLECUA TEIJEIRO  (Alcolea de Cinca, Huesca, 1913-Barcelona, 2003) fue un eminente filólogo español, padre de los también filólogos José Manuel y Alberto Blecua Perdices.

INFANCIA

José Manuel Blecua (segundo por la derecha, sentado) con sus compañeros y el maestro de música (iesblecua.com)

Era hijo de Manuel Blecua Ibarz —labrador vecino de Alcolea— y de Mercedes Teijeiro Aguilar —natural de Vitoria—, que habían contraído matrimonio el 3 de julio de 1909 en la zaragozana iglesia de santa Engracia. El mediano de tres hermanos, nació el día 10 de enero y se le impusieron los nombres de José Manuel Gonzalo.

En Alcolea, donde despertó su amor por los pájaros, las flores y los árboles, aprendió las primeras letras y fue un niño feliz aficionado a buscar nidos y a nadar. En 1923 la familia se trasladó a Zaragoza, donde regentaron una pensión en el número 3 de la calle Cinegio, en el Tubo. Pronto se convirtió en un ávido lector que se inició leyendo  tebeos y   narraciones de Julio Verne o Emilio Salgari y que, más tarde, alternó las populares novelas de “El Coyote” con obras de Cervantes, “Clarín”, Dostoievski o Kafka.

ESTUDIANTE DE BACHILLERATO

El 25 septiembre de 1924 en el  Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Zaragoza (del que el IES Goya es continuador) verifica el examen de Ingreso, necesario para cursar estudios de Bachillerato, pero no consigue superar la prueba, por lo que debe repetirla el 18 de junio de 1925,  obteniendo la calificación de aprobado. Deseoso de recuperar el año perdido, en la convocatoria de  septiembre se examina, como alumno libre no colegiado, de las tres asignaturas correspondientes al primer curso de Bachillerato: Lengua castellana y Geografía general y de Europa, calificadas con aprobado, y Nociones y ejercicios de Aritmética y Geometría,  con notable.   A partir del curso 1925-1926  continúa sus estudios  en el colegio Santo Tomás de Aquino, en la calle Buen Pastor, dirigido por Miguel Labordeta Palacios, padre del poeta Miguel Labordeta Subías y del cantautor y escritor José Antonio Labordeta.  No obstante, la  ley vigente   establecía que los alumnos de centros privados estaban obligados a examinarse en los institutos públicos para que sus calificaciones tuvieran validez. Por ello,   en este curso y el siguiente, José Manuel Blecua se examinó en el Instituto como alumno colegiado logrando excelentes calificaciones: un sobresaliente, dos Matrículas de Honor y un aprobado (en Gimnasia), en las materias del segundo año. 

En su tercer año (curso 1926-1927) se verá afectado por la reestructuración del Bachillerato del llamado Plan Callejo (R. D. de 25 de agosto de 1926), que sustituye el ciclo de seis años del plan anterior por dos ciclos de tres años cada uno,  con título terminal en cada uno de ellos. Los tres primeros permitían obtener el título de Bachiller Elemental. El segundo ciclo, Bachillerato Universitario, constaba de un primer curso común y otros dos específicos para ciencias o letras, al término de los cuales,  se podía acceder a la universidad si se habían cumplido 16 años (F. Vea Muniesa). Los cambios introducidos en la distribución de las materias le obligan a cursar una asignatura de segundo año (Nociones de Física y Química) no incluida en el plan anterior, además de  las cuatro correspondientes al tercer año. Obtiene  tres notables, un sobresaliente y una Matrícula de Honor. Con ello concluía el primer ciclo, pero no será hasta abril de 1929 cuando solicite al director del Instituto el título de Bachiller Elemental, para lo que acredita haber superado todas las materias y realizado las prácticas requeridas. En junio de ese mismo año se examina como alumno libre de todas las materias de los tres cursos  del Bachillerato Universitario de Letras, que logra superar.

ESTUDIOS UNIVERSITARIOS

Al curso siguiente (1929-1930),  inició en la Universidad de Zaragoza  los estudios de  Derecho (por exigencia de su padre) y Filosofía y Letras, como alumno oficial. Tenía intención de estudiar Lengua y Literatura, pero la Facultad solo impartía la especialidad de Historia, por lo que decidió continuar los estudios como alumno libre para acabar lo antes posible las dos carreras y preparar después las oposiciones a cátedras de Instituto, pues desde muy joven se sintió atraído por la docencia.  En primero de Derecho coincidió con Canellas, Federico Torralba y Solano, que después cursarían también Filosofía y Letras y llegarían a ser catedráticos en esa Facultad. Tuvo como profesores  de Derecho a  don Juan Moneva, a don Miguel Sancho Izquierdo, a don Gil Gil y a Sancho Seral. De los profesores de Letras, conservaba recuerdos imborrables de Andrés Giménez Soler, de don José Salarrullana y del joven José Gaos, discípulo de Ortega. En aquella época, la Universidad  estaba muy politizada y José Manuel Blecua participó en algunos de los cambios que se estaban produciendo, como ha señalado el profesor Cacho Blecua, sobrino suyo, quien recuerda que, como secretario accidental de la FUE (Federación Universitaria Escolar), Blecua publicó un artículo en ‘Heraldo de Aragón’ (23 de julio de 1931) en el que proponía la creación de la Ciudad Universitaria de Zaragoza en la suprimida Academia General Militar. En 1933 se licenció en ambas carreras, con premio extraordinario en Filosofía y Letras.

En el verano de ese mismo año, una beca le permitió asistir en Santander al primer curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Allí pudo conocer a investigadores de la talla de Menéndez Pidal, Navarro Tomás, Karl Vossler o Marcel Bataillon que, como apunta Ramos Nogales, influirán decisivamente en su trayectoria, y a algunos de sus admirados poetas del 27, entre ellos, Jorge Guillén, con quien trabará una sólida amistad.

INICIOS COMO DOCENTE

Una vez licenciado, se inició en la docencia como profesor ayudante en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Instituto Miguel Servet de Zaragoza. En 1935 aprobó las oposiciones a catedrático de instituto. La promoción de catedráticos salida de aquellas oposiciones —de la que formaban parte Eugenio Asensio, Guillermo Díaz-Plaja, José Filgueira Valverde, Antonio Rodríguez Moniño y Carmen Castro, hija de don Américo—  ha sido calificada de irrepetible  por José Carlos Mainer, discípulo de Blecua.  Ese mismo año obtuvo la cátedra de Lengua y Literatura del recién creado Instituto de Cuevas de Almanzora (Almería). En este centro,  comenzó su labor investigadora y, en  colaboración con el profesor Santiago Andrés Zapatero, catalogó la biblioteca y puso en marcha el periódico escolar ‘Studio’ (Ramos Nogales).

EL PARÉNTESIS DE LA GUERRA CIVIL

La Guerra Civil  lo sorprendió en Zaragoza. Pronto fue movilizado y, debido a su incipiente sordera,  destinado al cuerpo de Sanidad Militar. A este respecto, el doctor Fernando Solsona Motrel contaba una divertida anécdota: cuando en la Caja de Reclutamiento le tomaban filiación para asignarle destino, tras decir Blecua que era catedrático de literatura, el sargento le preguntó si sabía leer y escribir.

En 1938, en plena Guerra Civil, contrajo matrimonio en la iglesia de san Cayetano con Irene Perdices Yangüela, de 21 años de edad. Al año siguiente, nació  José Manuel, primer hijo del matrimonio, y en 1941, Alberto, el segundo.

El trabajo de oficina en Sanidad Militar le permitió continuar su labor como investigador  y estudioso de la lengua y la  literatura, orientada ya hacia las ediciones escolares, las antologías y la meticulosa edición de textos. En 1937 publicó sus primeros manuales, en colaboración con dos  filólogos aragoneses amigos suyos: con Rafael Gastón Burillo escribió Nociones de Gramática Histórica Española y Lengua española y literatura. Primer y segundo curso, y con Jesús M. Alda Tesán, Introducción al estudio de la Literatura Española, II. Moderna y Contemporánea. En 1938 publicó la edición del Libro infinido y el Tratado de la Asumpción de la Virgen, de don Juan Manuel, en la revista ‘Universidad’ de Zaragoza,   y, en 1939, apareció en Barcelona   su  antología de la poesía de Ramón Basterra,  en la que solo constaban sus iniciales (J.M.B.).

LA POSGUERRA EN ZARAGOZA

Terminada la contienda, dado que el Instituto de Cuevas de Almanzora había sido suprimido, se trasladó al Instituto Femenino Núñez de Arce de Valladolid en 1939 y un año más tarde, al Instituto Goya de Zaragoza, donde permaneció casi veinte años (1940-1959).

Blecua con sus hijos: José Manuel (dcha.) y Alberto (izqda.). (Departament de Filologia Espanyola. UAB)

La familia Blecua residía en la calle Santa Teresa de Jesús, próxima al Instituto Goya y a la Universidad; en una casa por la que “pasaba el mundo”, pues Blecua tenía amistad con numerosos escritores e intelectuales de la época.  A partir de 1952, sumó a la docencia en el Instituto el trabajo como profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras, donde Francisco Ynduráin era catedrático. La contribución de ambos fue decisiva para  el nacimiento de la revista ‘Archivo de Filología Aragonesa’, publicada desde 1945 por la Institución Fernando el Católico.

Sus hijos lo recordaban en esta época como un padre normal, un hombre trabajador y ordenado que iba todos los días al Casino zaragozano a tomarse el café con los amigos. Eran  los años de las cartillas de racionamiento y, según contaba su hijo José Manuel,  en casa de los Blecua se comía casi todos los días boniatos, que su padre llegó a aborrecer. En compañía de Ynduráin, recorría la ciudad en busca de alimentos y, si tenían éxito, los boniatos eran sustituidos por morcillas. También recordaba que se compró una gabardina enorme para poder ocultar el pan  comprado de estraperlo.

María  Antonia Martín Zorraquino lo evoca así en los años cincuenta en la Gran Vía de su infancia,  “acompañado normalmente por su encantadora mujer”:

“En José Manuel destacaban su elegante figura y su atractiva cabeza: el pelo rizado, negro; la mirada penetrante y risueña; una sonrisa que fácilmente se transformaba en risa franca y que descubría una dentadura  perfecta, preciosa; una voz gutural y quebrada, inconfundible, determinada por su sordera, al descubierto enseguida por el sonotone (hoy, audífono) algo ruidoso, que siempre llevaba consigo”.

En el Instituto Goya, que en esa época era masculino,  además de su materia se veía en la necesidad de  enseñar a los muchachos normas básicas de higiene personal.   Tuvo alumnos tan destacados como Manuel Alvar, Lázaro Carreter, Félix Monge, Antonio Ubieto o Gustavo Bueno, en quienes despertó la pasión por las Letras y, más tarde, Domingo Ynduráin o sus propios hijos, José Manuel y Alberto. Pero, como señala Martín Zorraquino, fue capaz de estimular el interés por las Humanidades no solo en estudiantes de Letras, sino en futuros médicos, veterinarios, científicos, ingenieros o militares.

En opinión de Ramos Nogales, en este centro desarrolló, realmente, su primera etapa docente e investigadora. Aquí ideó  sus  innovadores manuales para la enseñanza de la Literatura editados por la Librería General, basados en la lectura y comprensión de los textos. Libros que guiaron a numerosos  estudiantes de bachillerato, como María Antonia Martín Zorraquino, en quien   dejaron una profunda huella:

“Vistos con los ojos de hoy, aquellos eran sobrios libros escolares, en blanco y negro, pero qué llenos de buen sentido para enseñar a leer bien, a escribir con precisión, a penetrar en el maravilloso mundo de la literatura y de la música, a identificar las unidades de la lengua y a definirlas con rigor, a aplicar la lógica en su análisis, a ir «despacito y buena letra, / que el hacer las cosas bien, / importa más que el hacerlas», divisa machadiana muy repetida por José Manuel Blecua… Libros para ayudar a formar la personalidad del niño en contacto con el patrimonio cultural que representa una lengua, con su intensa variación en el espacio geográfico, en los niveles sociales, en los estilos o registros comunicativos y, especialmente, en la continuidad, cambiante y permanente, de su historia. Libros humanos…”.

En colaboración con Teodoro de Miguel había creado en 1938  la “Biblioteca clásica Ebro”, que venía a suplir la carencia de ediciones de obras clásicas orientadas al trabajo  en el aula.  En ella editó y prologó  entre 1939 y 1947 once obras de autores como Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Góngora o Garcilaso, y dos antologías de poesía.  Estas lecturas venían a complementar y profundizar en el estudio desarrollado en  los dos volúmenes de   su Historia de la Literatura Española (1943), transformada en 1952  en Historia y textos  de la literatura española.

Con la voluntad de servir a la enseñanza relaciona Mainer su labor como antólogo, que continúa con tres antologías temáticas publicadas entre 1943 y 1945 (Los pájaros en la poesía española, Las flores en la poesía española y El mar en la poesía española), a las que siguieron  otras como la Antología de la poesía española. Lírica de tipo tradicional (1955) o los dos volúmenes de Floresta de lírica española (1957), que García Márquez incluyó entre los cinco libros que le hubieran bastado para escribir su obra. Durante su estancia en Zaragoza realizó también su tesis doctoral: el estudio y edición del Cancionero de 1926 (1945), cuyo manuscrito, conservado en la Biblioteca Universitaria de esta ciudad, incluye cerca de setecientos poemas. Publicó, además, su edición del Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena (1943), así como las Rimas inéditas de Herrera (1948) y los dos volúmenes de las Rimas de los Argensola  (1950-1951). En su producción de esta época no faltan ensayos, como “El estilo de El Criticón de Gracián”, de 1945, y el volumen  escrito con Ricardo Gullón: La poesía de Jorge Guillén (dos ensayos), publicado en 1949 con ilustraciones de pintores del recién creado Grupo Pórtico de arte abstracto. El texto de Blecua es, en opinión de Mainer, “uno de los primeros grandes trabajos académicos sobre un poeta del 27”, pero lo admirable, añade, es que, ya entonces, su análisis se basara en el cotejo de las distintas versiones de Cántico.

En los años 50, cuando ya se había labrado una excelente reputación,  fue profesor visitante en  universidades extranjeras. Comenzó en el verano de 1950 con un curso sobre poesía española  en la prestigiosa Escuela Española del Middlebury College de Vermont, donde  se reencontró con Pedro Salinas, a quien había conocido en Santander en 1933, y estrechó lazos con el exilio español. En su fiesta de despedida,  Salinas leyó en voz alta las famosas aleluyas compuestas en su honor,   que comienzan: “Llorando de erudición /nace Blecua en Aragón…”. En 1951 impartió otro curso sobre poesía  en  Saint Andrews, Reino Unido,  y en 1954, un curso en  Columbus, Estados Unidos, sobre la poesía de Quevedo. Fue también una presencia constante en los Cursos de Verano de Jaca entre 1955 y 1982. En Jaca fue feliz, según su hijo José Manuel, que evocaba a su padre dando largos paseos, camino de Banaguás, mientras charlaba  de literatura con Félix Monge y contemplaba unos  paisajes que lo fascinaban. Pues el Blecua que había confesado en alguna ocasión su deseo de vivir en una biblioteca era, al mismo tiempo, un amante de  los paseos al aire libre, en los que distinguía los pájaros, los árboles y las plantas, y sobre todo, como recuerda Cacho Blecua, disfrutaba “cazando, cámara en ristre, los mejores crepúsculos, de cuya colección se vanagloriaba”.

Blecua en Vermont, tercero por la izquierda, sentado junto a Pedro Salinas. (En Veguez 2017)

SU ETAPA EN BARCELONA

Según declaró él mismo, Blecua tenía la ilusión de convertirse en catedrático de Literatura española de la Universidad de Zaragoza,  pero no pudo cumplir su sueño ya que la única cátedra existente estaba ocupada por el profesor Francisco Ynduráin. Por este motivo, en 1959 se trasladó a Barcelona, ciudad en cuya Universidad  había obtenido la cátedra de Historia de la Lengua y la Literatura Española (1959-1983) y donde continuó como profesor emérito hasta 1990. Entre 1959 y 1963 compaginó las clases en la universidad con la enseñanza   en el Instituto Menéndez Pelayo  de la Ciudad Condal. Los Blecua  se integraron con facilidad en la sociedad barcelonesa, donde pronto estrecharon lazos con las familias de  Martín de Riquer y de Díaz-Plaja, de ahí que —aunque conservaran durante años su casa de Zaragoza (quizá con la ilusión de volver algún día) y Blecua padre viaja con frecuencia a la capital aragonesa— nunca  retornaran.

En la Universidad de Barcelona Blecua formó a una nueva generación de excelentes filólogos, a los que, según Escartín Gual, enseñó la prioridad del texto, es decir, la necesidad de volver a las fuentes documentales, dudando de lo dicho anteriormente que no pudiera ser contrastado. Pero también les  transmitió una filosofía de vida “con la discreción aprendida de Gracián, una moral estoica nacida de las continuas lecturas de Séneca y de la herencia liberal de la ILE”.  Entre sus alumnos, cabe destacar a José María Balcells, Aurora Egido, José-Carlos Mainer, Joaquín Marco, Rosa Navarro,  Ignacio Prat o Francisco Rico, además de los poetas Guillermo Carnero y Andrés Sánchez Robayna. Como docente,  Blecua se convirtió —junto a un reducido grupo de profesores— en el nexo de unión entre la más brillante etapa de la filología española, representada por el desaparecido Centro de Estudios Históricos creado por Menéndez Pidal en 1910, y las nuevas generaciones de filólogos  que retomaron la investigación filológica a partir de la década de los sesenta (Ramos Nogales). A esa tradición filológica atribuye  Mainer el hecho de que Blecua padre se interesara inicialmente tanto por los autores medievales como por los contemporáneos (“quería ser medievalista y contemporaneísta”), si bien su campo de investigación se amplió cuando se cruzó en su camino la literatura del Siglo de Oro, en la que está considerado un especialista.

En su etapa barcelonesa dio a conocer importantes trabajos. En 1969 vio la luz su edición de El conde Lucanor, calificada de “memorable”, una  investigación que culminará con la publicación de las Obras completas de don Juan Manuel (1982-1983). En 1969 aparece también el primero de los cuatro volúmenes de su canónica edición de la Obra poética de Quevedo (Castalia, 1969, 1971, 1971, 1981), con la que, como expresó  su hijo José Manuel, logró hacer accesible a Quevedo. En 1970 da a la imprenta su edición crítica del Cántico [1936] de Jorge Guillén,  seguida en 1975  de la edición definitiva de la poesía de Fernando de Herrera: Obra poética, publicada por la RAE. En la década de los 80 verán la luz  su Poesía aragonesa del Barroco (1980, en la Nueva Biblioteca de Autores Aragoneses, de Guara) y los dos tomos de La poesía de la Edad de Oro (1982-1984). Ya en los años noventa,  las Poesías completas de Fray Luis de León (1990) y la edición crítica de la traducción y declaración  del Cantar de los Cantares (1994) realizadas por Fray Luis. José Carlos Mainer considera que todos los trabajos de Blecua constituyen “una  lección de auténtica historia de la literatura” y se convierten en “un hallazgo que aporta luz a las preguntas fundamentales de nuestra historia”.

Blecua fue el mejor conocedor de toda la poesía española y un adelantado de la crítica textual que destacó, sobre todo, por sus trabajos  sobre la poesía del Siglo de Oro y sobre los problemas de transmisión literaria, como ha señalado Aurora Egido, quien, unos meses antes del fallecimiento de su maestro, había escrito sobre él estas reveladoras palabras:

“José Manuel Blecua supo combinar el amor a  las raíces con la universalidad, entregando su vida a la literatura en su doble vertiente de maestro e investigador, y lo que es más difícil, sin perder la sonrisa y los buenos modos. Su sordera pertinaz, lejos de aislarle, lo abrió a un diálogo permanente con los otros y a otro interior con la literatura. Tenía además un sentido especial del ritmo y de la musicalidad de la palabra, nacido probablemente del silencio en que vivía”.

Con 90 años, murió en Barcelona el 8 de marzo de 2003 después de estar algún tiempo hospitalizado a causa de un derrame cerebral. Pocos días después, sus hijos esparcieron sus cenizas en el patio del colegio de Alcolea de Cinca, que lleva su nombre.

RECONOCIMIENTOS

Doctor ‘honoris causa’ por la Universidad de Zaragoza. (honoris – Universidad de Zaragoza)

A lo largo de su vida, recibió importantes distinciones, entre ellas, los doctorados honoris causa de la Universidad de Montpellier (Francia) en 1964 y de la Universidad de Zaragoza (1983). En 1986 fue galardonado con el Premio Aragón de las Letras, la máxima distinción que concede el Gobierno aragonés, y en 1993, con el Premio Internacional Menéndez Pelayo, en su VII edición, “por su valorado esfuerzo y talento excepcionales para rescatar, durante medio siglo, la poesía del Siglo de Oro”. Miembro correspondiente (1946)  y de honor de la Real Academia Española (1982), fue miembro de número de la Academia de Buenas Letras de Barcelona, miembro correspondiente de la de Sevilla, “Associate Member” (1952) y “Fellow”  de The Hispanic Society of America (Nueva York) en 1970, así como miembro de honor de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval (1985). En 1983 fue distinguido con la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Catalunya, y en 1988, con la Medalla de Oro de Bellas Artes del Ministerio de Cultura. En Zaragoza, en 1976 el Instituto Goya  le  tributó un cálido homenaje junto a  dos de sus alumnos más ilustres: Manuel Alvar y Fernando Lázaro Carreter, y desde 1981, el Instituto de Secundaria del barrio de La Paz lleva su nombre.

Pero, sin duda, el mejor homenaje es el que constantemente le tributan sus alumnas y alumnos, pues Blecua fue ante todo un gran profesor  al que le bastaba su palabra seductora para encandilar a sus oyentes y poseía la rara facultad de hacer fácil lo difícil,  como nos descubre Rosa Navarro en estas líneas:

“Hace muchos años descubrí en un aula del patio de Letras de la Universidad de Barcelona que la palabra basta para desempeñar el papel de profesor en este gran teatro del mundo, que no hace falta vestir toga; ahora bien, esa palabra ha de desprender autoridad, belleza, sensibilidad y, sobre todo, ha de ser seductora para atraer al público, a los alumnos, para hacer que suspendan temporalmente sus excursiones aéreas por el limbo de lo soñado, de lo imaginado, y queden prendidos de lo que se les está diciendo. Esa experiencia inolvidable la compartí con generaciones de alumnos de Filosofía y Letras —así se llamaban antes los studia humanitatis—; oímos torrentes de versos armoniosos, glosados admirablemente, recibimos sencillas lecciones —es tan difícil lo sencillo— de historia de la literatura, hasta tal punto que se nos hizo familiar Garcilaso y contemporáneo Aldana y pudimos admirar a Quevedo y Góngora porque descubríamos su artificio, entendíamos su exquisito arte y alcanzábamos el placer que se saborea al descifrar la dificultad. Y aprendimos a oír a Machado y a Unamuno y a Guillén y a hacernos nuestro a Salinas. Descubrimos el territorio riquísimo de la poesía y pudimos acceder ya para siempre a esa experiencia inagotable que es su lectura: “Si los delfines mueren de amores, / ¡triste de mí!, ¿qué harán los hombres / que tienen tiernos los corazones? / ¡Triste de mí! ¿Qué harán los hombres?”. Ese prestidigitador que sacaba de los libros  un mundo insospechado, infinito, maravilloso, se llamaba José Manuel Blecua Teijeiro; en realidad “Blecua” a secas, como a él le gustaba llamarse en su mundo de silencio”.

Agustín Ubieto —alumno suyo en el Instituto Goya y  en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, en quien Blecua también prendió  la “llama literaria”, si bien acabó estudiando Historia— lo recordaba con estas emotivas  y elocuentes palabras que nos dan una nueva dimensión   de su magisterio:

“…Entrar en la clase de Blecua era volver a vivir, sentirse persona, no gusano. ¡Qué placer me produce poder escribir con claridad su nombre! ¿Pueden creer que lloré  cuando muy, pero que muy tembloroso, le vi recibir su investidura de ‘doctor honoris causa’ por la Universidad de Zaragoza? Lloré porque, sin saberlo él, en sus clases  me hice hombre; nos hizo hombres a muchos, porque nos enseñó a leer y a escribir pensando y comprendiendo. Nos enseñó a hacer preguntas al libro, al texto, al poema, a la lámina, al camino… Me enseñó a dudar y  a buscar porqués.

Aunque no en aquellos días, luego comprendí que nos había enseñado otras cosas que no estaban en el programa de ningún curso y que intenté incorporar al de mi vida. Nos dio, por ejemplo, constantes lecciones de humildad y sencillez. Porque humildad supone poner al alcance de unos ignorantes, con la naturalidad con que cae el agua, los logros alcanzados por él u otros después de muchos años de investigación. Nunca le importó hacer divulgación simple o descender a buscar un ejemplo sencillo y claro. La investigación, al atardecer…”.

Homenaje a Blecua Teijeiro en el Instituto Goya. De izda. a dcha., Manuel Alvar, J. M. Blecua Teijeiro, C. Albiñana, Lázaro Carreter y Jesús M. Alda (Archivo personal de la familia Abanto-Alda)

BIBLIOGRAFÍA:

-ARCHIVOS DEL IES GOYA DE ZARAGOZA: “Expediente del alumno Blecua Teijeiro, José Manuel”

-BLECUA TEIJEIRO, José Manuel: ‘“Mi ilusión era llegar a ser catedrático de Literatura de la Universidad de Zaragoza”. Declaraciones de D. José Manuel Blecua, catedrático de Lengua Española en Barcelona’, El Noticiero, 23 de enero de 1977, pág. 20.

-CACHO BLECUA,  Juan Manuel: “José Manuel Blecua Teijeiro” [Doctores honoris causa], Universidad de Zaragoza. https://honoris.unizar.es/honoris/jose-manuel-blecua-teijeiro.

-CRUZ, Juan: “Infancias. José Manuel Blecua”, El País, 12 de agosto de 2012. En: https://elpais.com/cultura/2012/08/11/actualidad/1344712531_692414.html.

-EGIDO, Aurora: “José Manuel Blecua Teijeiro o la vida como discurso interminable”, Boletín de la Asociación Internacional de Hispanistas, Nº 9, 2002, págs. 26-27.

-ESCARTÍN GUAL, Monserrat: “La vida com a discurs: homenatge a José Manuel Blecua Teijeiro”, Revista de lenguas y literaturas catalana, gallega y vasca, Vol. 9 (2003). https://doi.org/10.5944/rllcgv.vol.9.2003.5872

-MAINER, José-Carlos: “José Manuel Blecua: en el texto”, en La filología en el purgatorio. Los estudios literarios en torno a 1950, Crítica, 2003, págs. 73-97.

-MAINER, José-Carlos: “Aprendiendo de José Manuel Blecua”, Archivo de Filología Aragonesa (AFA), 69, IFC, 2013, págs. 19-23.

-MARTÍN ZORRAQUINO, María Antonia: “José Manuel Blecua, amigo y maestro: triple evocación”, Archivo de Filología Aragonesa (AFA) 69, 2013, págs. 23-29.

-NAVARRO DURÁN, Rosa: “JOSÉ MANUEL BLECUA TEIJEIRO (Alcolea de Cinca 1913-Barcelona 2003)” [NECROLOGIES], Estudis Romànics, vol. 26 , (2004), págs. 516-523.

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-VEGUEZ, Roberto y WOODWARD, Tom: En las montañas de Vermont: los exiliados en la escuela española de Middlebury (1937-1963), Middlebury Language Schools, 2017.